Cuando los mitos fueron niños
Y John Lennon lo fue. Primero niño y luego mito. Con sus problemas, sus miedos y sus infinitas circunstancias. Esa es la visión que Nowhere boy hace la que fue una de las figuras más influyentes del siglo pasado. Alejándose del icono que llegó a ser y centrándose en el entorno más próximo que ayudó a moldear la personalidad y la resistencia de un adolescente más.
Bien es sabido el riesgo que tiene el hacer películas biográficas sobre personajes de este calado, cuyas vidas personales son tan accesibles al público. Sam Taylor-Wood cumple el expediente de manera notoria. Esta londinense, asidua al video experimental, y la fotografía lleva a sus espaldas una carrera artística de ya casi dos décadas entre las que destacan el encargo de la National Portrait Gallery de su ciudad de grabar el sueño del futbolista David Beckham, una nominación al Premio Turner en 1998 o la filmación del llanto sincero de varias estrellas de Hollywood.
En esta su primera incursión en el largometraje Taylor-Wood adapta las memorias de la hermana del líder de los Beatles (Julia Baird, Imagine This - Growing up with my brother John Lennon, 2004) con el que obtuvo una nominación al Bafta de 2010, siendo eclipsada por la fulgurante aparición de Duncan Jones y su Moon. Se muestran en Nowhere boy los momentos cruciales en la vida de uno de los principales baluartes de la revolución musical de los años 60 de la mano de Aaron Johnson en el papel del adolescente indolente con un pasado familiar
que desconoce y le atormenta un presente sobre el que se van precipitando las situaciones más trágicas. Aunque esta tromba de emociones no le impiden soñar con el rock’n roll de un tal Elvis Presley que ya sonaba y meneaba caderas al otro lado del Atlántico.
Lennon, alejado por motivos que no tiene nada claros de los brazos de su madre siendo un crío, vive bajo la tutela de Mimi (espléndida Kristin Scott Thomas), una tía severa y clasista en sintonía a la Inglaterra de posguerra de los años 50 pero a quien el resto de mortales siempre agradecerá la guitarra que regala a su sobrino. En el otro extremo se encuentra la madre (Anne-Marie Duff), más liberal y libertaria cuya bajo atmósfera el pequeño John cantará sus primeras canciones y aprenderá a tocar en banjo.
Entre estos dos volcanes opuestos Lennon vive su adolescencia, en la que forma su primer grupo The Quarrymen, con compañeros de instituto a la espera de la erupción de emociones que unas relaciones tan complejas auguran y que la realizadora londinense tiende a simplificar, aunque con cierta dosis de éxito, todo sea dicho. Por eso, puede ser aquí donde los más mitómanos puedan ver una gran ocasión perdida de adentrarse en las profundidades de semejante emblema planetario cuyos miedos y traumas del pasado bien podrían haber desembocado en una historia más compleja
Por muy obvio que parezca, en un biopic sobre John Lennon, aunque sea su infancia, destaca una banda sonora
que impregna de ritmo los pocos más de noventa minutos de la historia y que hará las delicias musicales de los amantes de esa época.
La película también ofrece grandes momentos como es ese primer encuentro de John Lennon con una guitarra, una Gallotone acústica, o el que se produce con quien más tarde llegaría a formar una de las parejas creativas que más han dado a la historia de la música, un imberbe Paul McCartney (Thomas Sangster) que desde tan temprana edad empieza a complementar la rebeldía de John con una gran dote para la música.
Tras casi dos años desde su estreno (aquí siempre tarde y mal) llega a España este biopic sobre los años más desconocidos (si es que eso existe) de John Lennon que humanizan su figura y la pone a un nivel que todos podemos reconocer con facilidad.
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