Las mentiras de las guerras de verdad
Poco a nada nuevo se descubrirá a estas alturas al afirmar que los motivos y justificaciones para la invasión y posterior guerra de Irak hace ya más de ocho años por varias potencias occidentales estuvieron bañadas de mentiras más o menos sofisticadas. El poder armamentístico de Saddam Hussein, las vinculaciones del dictador iraquí con la red Al Qaeda o las armas de destrucción masiva. Mentiras sabidas y reconocidas.
La guerra que usted no ve (John Pilger, 2010) no ataca a quien ostentase el poder (que también quedan retratados) sino que busca, acomete y acorrala a los colegas de los medios de comunicación británicos y norteamericanos en busca del porqué de ese alineamiento ciego con los dictados del poder y la maquinaria propagandística, dejando de un lado la buena praxis periodística y abandonando a la suerte de la desinformación y la manipulación del público. Y no sólo a aquellos en quien reconocemos en una notable carrera sensacionalista. Aquí no se libra casi nadie, ni el NY Times ni el Washington Post, ni la CNN ni la aclamada BBC, nadie. Cuando
tocan cornetas, todos acuden más o menos dóciles al sendero marcado.
Este John Pilger (Sidney, 1953) a base de entrevistas e imágenes de archivo construye un documental que debería remover las entrañas de más de un editor, llegando a demostrar la complicidad de los medios de comunicación en unos actos que la Convención de Ginebra de 1949 declaró como crímenes de guerra. Porque es en el terreno documental donde este reportero australiano ha alcanzado los mayores reconocimientos en el Reino Unido con un bagaje como corresponsal de guerra por las zonas más calientes de planeta: Vietnam, Camboya, Egipto, India o Timor Oriental.
El documental es una extraordinaria pieza para comprobar ese cuarto poder que ya barruntaba Edmund Burke a finales del siglo XVIII y sus revoluciones liberales. Los medios de comunicación tienen un inmenso poder. Y los que mandan lo saben. La cosa no ha cambiado mucho. Todo pretende ser más sofisticado, pero no deja de ser la misma historia. Donde se planta un oso con casco alemán sobre una estatua de la libertad en llamas en forma de cartel llamando a la primera de las guerras mundiales se edita una video que demuestra al milímetro la ubicación de las temibles armas del dictador iraquí de turno para ser mostrado al mundo en ese escenario de títeres que es la Asamblea de la ONU. Porque “si se supiera la verdad, la guerra acabaría mañana mismo”. Y eso no parece entrar en los planes de los que han dirigido, dirigen y dirigirán todo esto (el origen de tan escalofriante confesión pone los pelos como escarpias).
Aunque el tono general del análisis de la profesión que hace Pilger es más bien tirando a oscuro no todo se funde en el negro y a uno, por muy ateo que se considere, le entran ganas de visitar esa iglesia londinense de St. Bride’s y rendir un merecido homenaje a quienes perdieron sus vidas intentando contar la verdad. Son periodistas, en su mayoría independientes que dejan de lado las verdades oficiales (si a la democracia no se le pueden poner adjetivos, a la verdad menos aún) y recorren en planeta dando voz a las verdaderas víctimas de toda guerra: la población civil. Y es que como muestra La guerra que usted no ve de un 10% de víctimas civiles durante la
Primer Guerra Mundial se llega a un 90% en la última aventura bélica a orillas del Tigris.
De tal manera que siempre será sano y saludable dudar y cuestionarse todo aquello que nos cuentan desde el poder ya sea desde Washington, Londres, Bagdad o Jerusalén, de otra forma una y otra vez dejaremos de ser periodistas (aquí los adjetivos tampoco deberían valer) para convertirnos en otra cosa, cómplices, meros propagandistas… Cualquier otra cosa menos lo que deberíamos.
Por eso, simplemente por ver unos minutos a la persona que ha provocado más de una jaqueca a los servicios de inteligencia de muchos países como es Julian Assange merece la pena echarle un vistazo. Estrenado solamente en Australia y el Reino Unido, estaba previsto su estreno en Estados Unidos para este verano. En el mercado hispanohablante de momento hay que conformarse con un visionado clandestino pero no por ello menos enriquecedor.
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