Se es viejo cuando se tiene más alegría por el pasado que por el futuro. (John Knittel)
Este es el último artículo de esta serie dedicada a mi generación. Al principio había prometido 9 aforismos y 9 artículos, pero considero que he llegado a decir todo lo que tenía que decir, por lo menos en este contexto. Eso de no respetar ciertos cometidos y ciertas pautas es también típico de los treintañeros, pero quizás es una enfermedad que se ha extendido a todo el mundo, sin tener miedo a las fronteras culturales, lingüísticas o geográficas. El problema principal es el peso que atribuimos a las palabras: tenemos la maldita costumbre de hablar mucho, demasiado, de hacer promesas y lanzar propuestas e ideas, sin recordar que la mayoría de las veces no vamos a cumplir con lo dicho. Tendríamos que ser más conscientes de la importancia de las palabras. Cada palabra es como una piedra, un discurso es una cadena montañosa, y alrededor de ellas contruimos nuestras redes sociales (las reales y las virtuales), abrimos y cerramos caminos, instalamos algo en la mente de nuestros interlocutores y, sobre ella, basamos nuestra imagen y la imagen del mundo que nos rodea.