Los treinta años y el Titanic – 3
Parte 3: En realidad nunca crecemos. Sólo aprendemos a comportarnos en público. (Bryan White)
Los cimientos de nuestra cultura se basan precisamente en el hacer coincidir el crecer con el saber comportarse en público. Y ahora llega este Bryan White, cantante country de Oklahoma, un chico del ’74, maldita sea, y hace eclosionar con este aforisma dos ideas que siempre han sido una sola. Se le ocurrió a él, con sus guitarras y su voz melódica, parece el ideal para sentarse en un gran Cadillac y cruzar la Route 66 a 20 km/hora; y no se me ocurrió a mí, por ejemplo, o a alguno de mis amigos treintañeros, que justamente acabamos de entender que actuar de forma educada significa demostrar que hemos crecido. ¿Qué es esto de derribar las raíces de nuestra cultura? Es una práctica bárbara, sin duda alguna.
En el libro Los Simpson y la filosofía de William Irwin (Blackie Books, Barcelona 2009), entre otras cosas, se analiza la figura de nuestro querido Homer. Es un niño empedernido, es la negación absoluta de la filosofía del “crecer”, del hombre maduro, hecho y derecho. Goza constantemente de cualquier detalle de la vida, cada cosa es para él ocasión de sorpresa: Homer es el niño constantemente maravillado frente a la vida. Sin embargo no es ningún bobo (bueno, un poco sí lo es), siempre lo vemos en acción, luchando para mantener unida su familia, para llegar a resolver a su manera los problemas, para seguir viviendo a pesar de todo, sin quedarse aplastado y callado frente a los acontecimientos.
¿Cómo es posible que Homer pueda ser considerado un hombre? Ahí lo tienes, eructando en público, comiendo siempre todo lo que él considere fuente de placer para su paladar, sin miramientos, sin escatimar en lo que a cantidades se refiere, bebiendo litros y litros de cerveza, soltando tacos, faltando por completo de sentido del romanticismo con su mujer Marge, mofándose de sus vecinos y del mismo Dios...
Sólo es un dibujo animado. Pero nosotros somos los hombres reales. Tengo esa vocecita de mi madre justo aquí, detrás de las orejas de mi subconsciente, que a cada eructo me pega una colleja, a cada pedo también, a cada blasfemia también, cada vez que pienso que mis vecinos son unos pijos odiosos, cada vez que no aguanto la gente y el trabajo, cada vez que me emborracho: ahí está esa vocecita de mi conciencia con sus collejas, para decirme “eso no se hace”, “eso no se dice”, “eso no se piensa”. ¡Crece! Aprender a portarse bien en público es aprender a aparecer como una persona perfectamente integrada.
Quizás he aprendido la lección, creo. Ahora sé cómo comportarme, más o menos. El saber estar antes de todo. La ética epidérmica. Estar siempre dispuesto a sonreir, porque es de vital importancia demostrar que eres una persona jovial, ligera, fácil de manejar, con la que puedes hablar sin cansarte y sin ponerte nervioso.
Esto podría ser el treintañero ideal, con sus objetivos en la vida, que quiere compartir sus logros con los demás, que tiene sólo pensamientos constructivos, que ha llegado a enseñar de si mismo sólo lo bueno, que busca el éxito así como le enseñaron. Y para sellar este magma de amabilidad, puede tratar de aprender a ser emprendedor, a ver la crisis como una oportunidad y a poner en marcha su propio proyecto empresarial, a pensar en estrategias de marketing y de comunicación, a gestionar, a buscar formas de rentabilidad, a buscar situaciones sociales en las que hablar de alianzas estratégicas.
Ser finalmente un treintañero educado: no eructar (metafórica y fisicamente) en público, no decir tacos ni maldecir a los dioses del Olimpo. A mí, sólo me falta comprarme un traje nuevo, apuntarme al gimnasio para adelgazar y cortarme la barba. Lo siento, nadie es perfecto.
De todas formas, no creo que se trata sólo de cambiar las reglas sociales. El problema es cambiar a nosotros mismos. Sin embargo, esta generación no ha llegado a estar formada por indivíduos enteros. Ni mucho menos. Llegas a ser un hombre (en el sentido de ser humano, querida Ministra de Igualdad), cuando tus deseos son coherentes y definen lo que eres, y llegas (¡ojalá!) a hacerlos realidad. Llegas a ser un hombre cuando has luchado de verdad y has ganado, y en esta lucha no te sientes solo, sino parte de una humanidad concreta que realmente está allí. O cuando pierdes pero sin perderte a ti mismo, y sin arrastrar a los demás.
Llegas a ser un hombre cuando tu sonrisa es algo que nada puede borrar de tu corazón. Llegas a ser un hombre cuando te importa un carajo de las cosas que estropean tus planes, porque sabes, realmente sabes, que eres nada más que un accidente de la naturaleza, y sigues rodeado de gente unida a ti sólo y exclusivamente por un vínculo de amor, de sympatheia .
Pero, sobre todo, llegas a ser un hombre cuando llegas a hacer lo que tú realmente quieres (y saber lo que realmente quieres ya se puede considerar un resultado notable), pasando totalmente de lo que estaría bien que hicieras, de lo que la gente cree que tendrías que hacer, pasando de los resultados que se supone que tienes que dar al mundo. Eres un hombre cuanto esa ética no es sólo cuestión de cutis, sino que te pertenece, forma la misma estructura de tus huesos. Que seas educado o no poco importa: de hecho, no tienes al lado una sociedad de referencia. Ni estás rodeado de gente que pueda enseñarte algo. Yo sólo veo a compañeros perdidos como yo, atónitos como yo, sin rumbo como yo (pero con muchos sueños).
El mundo, querido treintañero, es una caca de vaca hecha por Bulgari, y tú una mosca entre millones de moscas. Ves la caca pero no te enteras de que no huele a mierda, y tratas de mordisquear la dura y fría superficie de diamante.
Pero no quiero que se me vea como nihilista. Sólo estoy humildemente tratando de recuperar esa maleducación tan vital de otros tiempos que he perdido on the road. ¡Vamos, lector! Eructa conmigo desde los tejados del mundo: sólo se vive una vez.
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