Los treinta años y el Titanic - 6
Se es viejo cuando se tiene más alegría por el pasado que por el futuro. (John Knittel)
Este es el último artículo de esta serie dedicada a mi generación. Al principio había prometido 9 aforismos y 9 artículos, pero considero que he llegado a decir todo lo que tenía que decir, por lo menos en este contexto. Eso de no respetar ciertos cometidos y ciertas pautas es también típico de los treintañeros, pero quizás es una enfermedad que se ha extendido a todo el mundo, sin tener miedo a las fronteras culturales, lingüísticas o geográficas. El problema principal es el peso que atribuimos a las palabras: tenemos la maldita costumbre de hablar mucho, demasiado, de hacer promesas y lanzar propuestas e ideas, sin recordar que la mayoría de las veces no vamos a cumplir con lo dicho. Tendríamos que ser más conscientes de la importancia de las palabras. Cada palabra es como una piedra, un discurso es una cadena montañosa, y alrededor de ellas contruimos nuestras redes sociales (las reales y las virtuales), abrimos y cerramos caminos, instalamos algo en la mente de nuestros interlocutores y, sobre ella, basamos nuestra imagen y la imagen del mundo que nos rodea.
A los treinta años todo esto se convierte en oportunismo –atribuimos a las palabras el único valor que nos interesa, el económico- o, al contrario, en falta de respeto –no damos ninguna importancia a las palabras y por ende a la realidad y a los demás. Pagaremos las consecuencias de esto. Ya las estamos pagando. Mirad el mundo que nos rodea. Y lo mejor de todo es que nosotros también somos los arquitectos.
Según dice Knittel en el aforismo de hoy, yo ya soy viejo. Hecho de menos mi mundo de ayer, hecho de menos mi pasado (parte de él, seamos honestos). A menudo me paro a pensar en cuando tenía 10, 13, 17, 22 años, y sonrío porque se me ocurren sólo cosas que ahora extraño. Cosas que no quería que se perdieran, y que sin embargo estos treinta años me han arrebatado de las manos para siempre. Esto pasa a menudo entre la gente de mi generación.
¿El futuro? ¿Sentir alegría por el futuro? ¡Venga ya! El futuro no existe, es una dimensión del presente. Y el presente, dios mío… Me entran escalofríos. Ayer estuve hablando con un viejo amigo de Roma que ya se está acercando a los cuarenta. Me dijo que para intentar levantarse la moral, fue a mirar sus correos electrónicos de hace exactamente un año para comparar este abril con el del año pasado. Y se dio cuenta de que, en su caso, ahora no está peor que en 2010, al contrario. Entusiasmado por la sugerencia, se me ha ocurrido hacer el mismo ejercicio. La próxima vez, espero tener a alguien al lado para que me corte las manos antes.
En otra conversación con una treintañera, se me ocurrió una posible imagen de mi futuro que me brindó, por algunos instantes, algo de alegría: cualquier coetáneo ahora estará pensando que me imagino como un escritor de éxito, firmando copias de mis libros en ferias internacionales y festivales, colaborando en decenas de guiones, viviendo a mis anchas y dando la vuelta al mundo unas cuantas veces. ¡No! Querido coetáneo, eres demasiado previsible. Ese será tu sueño. Y ha sido el mío, claro que sí. Pero la vejez y la decrepitud hacia la cual me están empujando la realidad y los años, me hace soñar un panorama totalmente diferente para mi futuro.
Un futuro que se anunciará en el hecho de que alguien un día se dará cuenta de que he desaparecido, y empezará a preguntar ¿dónde está Valerio? ¿Alguien sabe algo? ¿Qué tal está? La pregunta no encontrará respuesta en Internet, ya que habré cancelado cualquier presencia mía en la red, cualquier Facebook o página web, incluso habré eliminado mis cuentas de correo
electrónico. Habré dejado España para volver a Italia, a un pequeño pueblo del centro peninsular. Allí alguien contestará a la pregunta: Valerio está viviendo en un pequeño pueblo, no sé exactamente dónde. ¿Y qué hace? Trabaja en una mercería. ¿Cómo que en una mercería? Pero está mal, le pasa algo… No no, contestarán, está muy bien, ha dejado de escribir y todas esas cosas. Vende hilos de algodón, medias y botones. Está feliz, se ha casado, tiene un gato y una pequeña huerta. Sigue leyendo libros, aunque mucho menos que antes, y escucha siempre el mismo programa de radio. Por las tardes juega a las cartas en el bar y bebe anís o grappa. ¿Y cuántos años tiene ahora? Treinta y nueve, dirá el informado amigo después de pensárselo un rato. Y añadirá: justo a tiempo.
Eso, queridos lectores. Me gustaría poder levantar las manos, ser capaz de rendirme. Disculpen, lo he intentado, no he sido capaz. Dejo de molestar. Me rindo, me voy, adiós.
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