Media tarde, sol abrasador en una pequeña calle de un pueblo extremeño con casas bajas a ambos lados de la misma. Personas asomadas a las ventanas que lo único que escuchan son los pasos de un grupo de no más de 60 personas caminando al unísono. Todas las caras son conocidas, exceptuando las que se ocultan debajo del paso con una imagen de Jesucristo con aspecto sufrido. Todos se paran en sintonía, y las miradas se centran en un balcón de un segundo piso de un edificio rojo de ladrillo visto. Allí, un hombre de etnia gitana con una camisa negra comienza con pasión una Saeta. Con la voz rota, recita estrofas llenas de sufrimiento, veneración y amor que salen desde dentro. No es un artista ni se le paga por ello, es simplemente un ser humano que cree en Dios, en su sufrimiento y en toda la historia que lo rodea. Termina, y la comitiva de almas continúa su camino, un camino que solo entiende una señal: la fe.