Lo imagino gordo y de negro, con el pelo revuelto y el ademán burlón, predicando con paradojas en un pub de Londres. Disparatado y discretamente pedagógico, Chesterton (1874-1936) tiene un don casi imposible para aunar sensatez, poesía, pugnacidad y humor. No es extraño que Alfonso Reyes lo haya traducido, Borges, reverenciado y Fernando Savater, mimado.
Leo El color de España (publicado en 2007, con millones de erratas, por Renacimiento, España), uno de los tantos mimos editoriales que ha recibido el creador del Padre Brown por estos pagos, no solo en los últimos años. Chesterton es venerado entre periodistas anglófilos e intelectuales católicos, entre borgianos impenitentes igual que entre amantes del ensayo. Harold Bloom lo considera el crítico literario par excellence. Para otros (acaso sobre todo en Inglaterra) es poco más que un mueble literario de museo, una antigualla graciosa, un continuador brillante del biografismo, esa frívola demencia anglosajona. (También Renacimiento viene publicando sus ligeras, demenciales, maravillosas vidas de poetas: la de Chaucer, la de Blake, la de Robert Browning. Por su parte, la editorial Juventud editó en el 2005 su hermoso libro sobre San Francisco de Asís).