Decidir vivir en el extranjero, siempre implica estar dispuesto a un profundo cambio en los vínculos y forma de vida, dispuestos a separarnos físicamente de todo lo que hasta ese momento acostumbrábamos ver asiduamente: nuestra familia, nuestros amigos, nuestra casa, el barrio, el trabajo, los recuerdos reflejados en entornos, flores, puertas, paredes, cuadros, aromas; y con ellos, todas las sensaciones y sentimientos que experimentábamos con su presencia. Pero sobre todo la seguridad y pertenencia que nos abrazaba diariamente.