La muerte de Kirchner y la nueva (?) Argentina - 2
(Continuación)
A las 4.30 de la mañana del 29 de octubre, la fila de personas que aspiraba a entrar a la Casa Rosada se extendía desde la calle Sarmiento, en el cruce con Corrientes hasta el féretro donde reposaba el cuerpo de Néstor Kirchner; dos kilómetros, más de 25 cuadras, una noche fría, medio lluviosa. La atmósfera de la adversidad limpiaba la anterior de violencia y agresividad e implantaba otro tipo de emociones.
Una fila que inicialmente iba de 9 de Julio a Casa de Gobierno, el acompañamiento de actores de la cultura artística que entraban por una fila más corta, lateral a la popular, políticos, actores del gobierno, jueces, todos podrán contar a su sus nietos en cuál minuto aparecieron por televisión, mientras gritaron “fuerza Cristina” o “vamos Kirchner”; estuvieron -eso es lo que importa- al lado del Presidente acostado y la Presidenta parada a su lado. La coyuntura histórica es innegable y ameritaba el pasón.
Con sus lentes oscuros, su gestualidad neutra, sus labios apretados con constante tentativa de quiebre, Cristina Fernández Viuda de Kirchner era el último rostro del dolor causado en parte por estos vientos de caos. Mucho se especula que los avatares políticos de estos tiempos convulsionaban visiblemente a Néstor Kirchner, más allá de sus conocidas intervenciones hospitalarias por motivos cardiacos.
De vez en vez vimos a la Presidenta romper el protocolo, acercarse a la gente que pasaba, tomar la mano de alguien, recibir una carta, una bandera, como un niño que para poder saltar más alto apoya más sus pies en el elástico e hinca más sus rodillas. Fortaleza, para continuar, ser capaz de catapultar la emoción a fines más altos que la sola defensa efectiva a una situación de caos.
Por un día la oposición hizo secesión de armas, “las manos de Perón” solo estuvieron en las palabras de Bergolio, tal como me lo hizo ver un amigo, las que recordó la gente y con las que respondió la Presidenta, fueron manos de apoyo, de solidaridad, de agradecimiento, un apretón en pro de un nuevo pacto, uno que tiene que ver más con el del acompañamiento y el respeto. Quizás por ello los más firmes opositores del matrimonio K no asistieron al velatorio.
Al margen de haber sido un fenómeno espectacular, el velatorio no permitió cámaras de ningún tipo, ni insignias partidarias, las coronas de flores tuvieron que ser testigos de las filas que crecían en el exterior de las paredes de la Casa Rosada, ninguna vela, solo espacio lleno de gente que vino con respeto a sellar ese pacto con el País; eran familias acompañando a una familia vecina, a una familia argentina sumida en el dolor por la pérdida de uno de sus miembros. Vimos todos una familia entera, sin mayores excesos emotivos, todos y cada uno de los mas allegados a Néstor Kirchner, solo cumplieron con estar, sin protocolos de mayor tipo, sin espectáculos que desbordaran el sentimiento de mesura y tenor que esbozaba Cristina Fernández Viuda de Kirchner, por debajo de sus lentes oscuros, junto a sus dos hijos Máximo y Florencia y su cuñada Alicia Kirchner.
Vimos desfilar al Diez Maradona; al presidente chileno Sebastián Piñera -quien más desgracias naturales afrontó ese año en un país latinoamericano-, al presidente Correa, salvado de las garras del golpe de Estado, a Lula Da Silva presidente de Brasil, a Evo de siempre, compañero de lucha de Chávez, que llegaría de primero para ser de todos el que más tiempo permanecería al lado del féretro, a Santos recién posesionado en Colombia quien está luchando por su país y su vida; y cómo no mencionar al más carismático de todos, el hombre del campo uruguayo José Mujica.
Fue, en tanto evento, un velatorio que en términos de coyuntura emocional se pudo equiparar en los últimos tiempos al de Mercedes Sosa y en términos históricos al de Perón y Alfonsín; se destacó que por primera vez una Corte Suprema asistía en su totalidad a un evento de esta categoría, que tras 10 horas de abiertas las puertas ya habían pasado 30 mil personas por los ojos de La Presidenta, en fin, números y sumas extraordinarios que no dejarán de aparecer en los diarios nacionales y extranjeros por unos cuantos días más.
En fin, ¿qué queda por decir? Una coyuntura como nunca antes conocida, un expresidente que muere cuando su esposa está a cargo del país. Un nuevo párrafo en los libros de historia que quedará para los editados en el próximo Bicentenario.
Ojalá para ese entonces sea otra la emoción que se consigne, no una de estadísticas absurdas de muerte y locura negativa, como las que veníamos escuchando en este último tiempo de muertes, asesinatos, secuestros y malos tratos. Ojalá la lluvia que está pronosticada para hoy nos purifique de reflexión de duelo.
Ojalá esta nueva emoción que a todos hoy nos embarga sea un eficiente reactivo psíquico para hablar desde el frente de la comunicación óptima, de la solidaridad. Ojalá las palabras de perdón, las agresiones acalladas por el ejercicio de la reflexión queden atentas y vayan desapareciendo en suspensión forzosa en cada quien, en cada colectivero del 141, en cada ser que es capaz de empuñar un arma para tirar a mansalva contra un joven, en cada anciano, en cada uno que es lo mismo que decir en todos.

