Cuando los países pierden el gusto o la posibilidad del alzamiento, se indignan. Hay millares de indignados en España. Para más señas, pacíficos. La indignación ha sido el primer impulso del movimiento reunido en la Puerta del Sol madrileña, también conocido como 15-M y Spanish Revolution, rótulo poco afortunado. Porque la acampada no ha sido desde luego una revolución ni siquiera una revuelta: es más bien una sacudida cívica al conformismo de una de las sociedades más asfixiadas de Europa, una protesta de quienes, con más o menos razones, no se ven representados en el poder o se sienten defraudados con lo que llaman, con tópico retintín anarcoide, el sistema.