Siete años en un país pueden no ser suficiente tiempo que baste al entusiasmo por escribir sobre las fibras sociales del mismo, por eso es que, ahora, me permitiré hablar desde la emoción, no aquella que encharca ojos, ni mucho menos quisiera jugar con la frivolidad que asienta un cinismo y sentimiento careta (hipócrita) como dicen por estos lados; hablaré sólo desde la emoción, en el más básico de sus significados: la emoción como fenómeno psicológico, como modo de adaptación psíquica ante ciertos cambios de las demandas exteriores a esa psique, que llegan a afectarla a tal punto que obligan su reacción, su adaptabilidad, su respuesta con un estado eficaz.