Érase una vez unas palabras que quisieron perdurar. Unas palabras que en boca de la gente se sentían importantes y eran repetidas una y otra vez porque aquellos que las pronunciaban se sentían escuchados, admirados y, por extensión, queridos.
Entonces esas palabras se apoderaron de la mente de unos pocos privilegiados que nunca pudieron olvidarlas y así, poseídos por su magnetismo, recorrieron los caminos todavía polvorientos, de una ciudad a otra, y las transmitieron, embelleciéndolas con el tono solemne, en ocasiones burlón, de su voz o el tañido de sencillos instrumentos de cuerda. He aquí el nacimiento de la literatura, todavía oral, en la figura modesta de aquellos aedos, bardos, trovadores, cuentacuentos, cuya presencia perdura aún hoy, tímidamente, a pesar de la imponente presencia de radios y televisores, multicines con salas en 3D y palomitas, y de las inquietantes videoconsolas. El recuerdo de los más ilustres todavía se mantiene vivo, pese a los miles de años pasados, y son los primeros que reciben elogios en las aulas universitarias.