Una pareja de amigos discutía en una mesa del Jardín Sport de Cumaná (en realidad un bar), entre turistas alemanes, meretrices criollas, ociosos profesionales, funcionarios de la gobernación y estudiantes no necesariamente estudiosos, sobre El olor de la papaya verde, aquella película tailandesa que dio que hablar en algunas mesas. El hombre, cigarro sabihondo y provocador, dijo que en la película no pasaba nada: impresión que no requería latines críticos para desacreditarla. La chica, cigarro placentero, estructuralista y carmesí, respondió no sin indignación: “Pero qué importa que no pase nada: si todo es bello”.