Parte 1: La edad de oro nunca es la presente. (Proverbio estadounidense)
Un día me desperté y me dijeron que tenía 33 años. En ese momento no pensé en nada. Miré mi carnet de identidad, vi que hasta 2012 seguía siendo italiano, con esa cara de hace uno años, y que el papel de ese documento hecho como un librito se estaba rompiendo en varios puntos. “El tiempo pasa también para ti, querido DNI”, dije sonriendo delante del espejo en un caluroso día de agosto.
Luego empecé a pensar en las cosas que había oído sobre los treinta años. Cosas que se te quedan ahí, en tu subconsciente, la columna que se modifica, el tabaco que empieza seriamente a reducir tu capacidad pulmonar, los músculos del abdomen que desaparecen para siempre bajo unas capas de grasa, por lo que se parece a una bolsa con una pelota de baloncesto, el pelo que... Bueno, eso ya lo perdí años atrás. En fin, que ese día me di cuenta de que el Titanic ya estaba en alta mar y que no había vuelta atrás.
Por eso, y dado que me estoy acercando a los 34, me he decidido a hacer un recorrido de los treinta años en nueve aforismos para tratar de ver qué clase de edad es esta.